Donde manda coatí, no manda turista

Desde que tengo memoria tuve ganas de conocer las cataratas del Iguazú. Sin embargo, desde que logré autonomía económica, y la pelota estuvo de mi (nuestro) lado, siempre se presentó una dicotomía en forma de máxima: “caro para escapada, corto para vacaciones”. Las ganas persistían, y para llevarlo a la práctica, precisábamos que se conjugaran algunas variantes. Todas confluyeron hace unos meses…

A la falta de días de vacaciones le llegaron unos días extra, al problema de presupuesto de aviones le llegaron unas millas acumuladas y a la culpita de dejar a los niños 3 días la contrarrestaron un montón de ganas de festejar un aniversario de casados en pareja.

El primer gustito de viajeros fue pedir un UBER que nos llevara al aeropuerto. Héctor vino en tiempo y forma en una camioneta muy bonita y 30 minutos mas tarde llegamos al aeropuerto Jorge Newbery. Nunca habíamos tenido la posibilidad de usarlo y realmente me pareció mas económico, práctico y (salvo fundamentalismos moralistas y legales) muy recomendable. El precio fue un 30% más barato que un Taxi. Nos tomamos el cafecito de rigor y nos dirigimos a puerta de embarque. Para mi sorpresa, al ser convocados a abordar la gente empezó a abalanzarse para subir primero. Recuerdo para los distraídos, que los asientos estaban numerados y todos teníamos un lugar asegurado. Mi sorpresa fue instantánea y se manifestó en carcajada: “SE ESTÁN EMPUJANDO!!!!”

El vuelo fue agradable, fuimos convidados con una galletitas decentes y a poco de acomodarnos, ya estábamos aterrizando. Un buen hombre nos esperaba con un cartelito con nuestros nombres y nos subimos a un chárter que nos llevará al hotel. Al descender nos dijo “mañana los pasamos a buscar a las 08:05 para ir a Cataratas lago argentino”. Siendo las 22:30 y no habiendo cenado, no sonó tan feliz. Lo saludamos, fuimos a cenar y a disponernos a madrugar en pos de conocer a una de las 7 maravillas naturales de la humanidad.

Mientras ultimábamos negociaciones con tortitas negras y cafés de filtro en el desayunador del hotel, entro Nancy, la guía, y dijo “Contreras!!!”. Salimos del hotel y nos subimos al micro. Durante los 30 minutos subsiguientes, Nancy olvidó la definición de “silencio”, desarrollo la historia y geografía de las cataratas y nos recordó porqué nos gustaban tan poco las visitas guiadas.  Así fue que llegamos al “hito tres fronteras”. Es básicamente un mirador , desde donde puede verse la confluencia de dos ríos y las orillas de Brasil y Paraguay. El mirador está acompañado de un puñado de locales de souvenires y regionales y una suerte de obelisco celeste y blanco. Luego de unos minutos allí volvimos al micro, esta vez si, para dirigirnos al Parque nacional Iguazú. Bajamos del micro, abonamos la entrada y cruzamos los molinetes.

cataratas cartel bienvenidos

Lo primero que llamó nuestra atención fue una serie de carteles que había en cada rincón del parque alertando acerca del peligro que generaban los coatíes. La estrategia  comunicacional se asemejaba muchísimo al dorso de las marquillas de cigarrillos, es decir, generar MIEDO. Heridas, brazos en carne viva, y grandes rasgaduras son la foto de los múltiples carteles. Por supuesto, el terror a estos mamíferos no sólo se infunde vía carteles, todos los guías hacen hincapié en el cuidado que hay que tener. Nancy nos contó, de hecho, que estos animalillos fueron cambiando sus hábitos conforme a la gente le iba dando de comer, al punto de volverse adictos. Es por ello que la principal recomendación es no darles comida, pero también ser cauteloso cuando uno come y mucho mas si uno lleva alimentos en las mochilas.

cataratas cartel peligro coatis

El recorrido inició por el “circuito superior”. Un trencito nos llevó al inicio del sendero, nos indicaron punto y horario de encuentro y allí nos dispersamos del grupo. Este circuito es de baja dificultad, sin escaleras, y tiene una longitud de 1750 m. A medida que íbamos caminando, los paisajes se iban tornando mas agradables. Esa primera impresión de las cataratas fue muy agradable. Sin embargo, no somos grandes fanáticos de los paisajes por lo que disfrutamos las vistas pero con la sensación de que algo faltaba. Culminamos el sendero , nos reencontramos con el grupo y volvimos a subirnos al trencito.

El destino era “LA GARGANTA DEL DIABLO”. Empezamos a caminar el sendero casi sin darnos cuenta de lo que ibamos a vivir. Fuimos conversando de clima, de comida, de nuestros hijos y hasta de objetivos de ventas de nuestro trabajo. Nada fue mas humano y terrenal que la caminata de los 1.100 mts que caminamos ese mediodía. Pero el diablo, sabe por diablo, pero mas sabe por viejo. Todo lo que habíamos ido a buscar estaba ahí, en su garganta. No importó mojarse, ni el calor, ni la cantidad de gente en ese mirador. Nada importó. Todo el entorno se sintió tan insignificante como nosotros lo hicimos al pararnos enfrente de esa locura. Nunca, pero NUNCA me sentí mas chiquito, ni mas vivo, ni mas enamorado. Estuvimos ahí por 5 minutos, ya habíamos visto suficiente. Los 1.100 mts de vuelta fueron aún mas triviales, mas mundanos, mas puestos en su lugar.

cataratas garganta del diablo

Llegó la hora de comer , pedimos un par de hamburguesas y nos sentamos ahí, en una mesita al sol. Sobre el final del almuerzo algo faltó, no recuerdo qué era, pero entré al restaurant a buscarlo, y al volver a la mesa vi a mi mujer alejándose de la mesa, con las dos mochilas a cuestas, alejándose de un coatí hambriento. Quizás no eran tan exageradas las advertencias. Nos volvimos a juntar con el grupo y emprendimos la caminata hacia el “circuito inferior”. Cuando estábamos llegando, nos detuvimos en un barcito, para que el que lo precisara pudiera ir al baño antes de empezar a caminar. La nota de color del día se generó cuando vimos a un treintañero sonriente apoyaba en su mesa un señor sandwich de Subway. Iluso el, perdió conciencia de su entorno y se puso a conversar animadamente con su acompañante. Cada palabra que iba diciendo era un paso mas que daba un coatí artero hacia el sandwich. Alrededor de la escena, cuarenta personas lo mirábamos atónitos, pero nadie tuvo los reflejos para avisarle.

El tipo terminó la anécdota que le contaba a la chica con una sonrisa y en ese preciso momento, un coatí (que a esta altura ya estaba a 10 cm de él) se abalanzó sobre el sandwich como marcando territorio. El tipo se paró, se quedó mirando, y cuando dió un paso atras fue testigo del desguace de su sandwich. Cabizbajo, vencido y avergonzado se fue caminando con su muchacha como quien pierde una pelea. Su orgullo pudo mas que su hambre y se retiró de la escena sin pedir nada mas qué comer. El contraste fue el coatí, quien ahora era rodeado por sus coatíes primos y hermanos que se habían aglomerado sobre una mesa para un festín de pepperoni.

cataratas coati

Luego de la escena púgil gastronómica empezamos a caminar el circuito inferior. Ahora todo tenía mas sentido. No estábamos mirando de arriba ni de lejos, estábamos pasando por las cataratas . Este circuito es físicamente mas demandante, con subidas y bajadas, pero con mucho mas sentido. Por supuesto, es cuestión de gustos. Sobre el final del recorrido, el día tenía guardada una última aventura. Habíamos contratado la actividad del gomón. Así que nos dirigimos a ese lugar, nos pusimos un salvavidas y guardamos nuestras pertenencias en una bolsa hermética para que no se mojen.

El gomón tendría una capacidad para unas 30 personas, y estaba lleno. El primer acercamiento a una catarata fue suficientemente adrenalínico como para pensar que eso era lo que fuimos a hacer. El segundo, quizás, ya era predecible. De todos modos, nunca pensé que el capitán sería tan valiente de meternos bajo la furia de una cascada, pero lo era. La sensación es indescriptible. El agua, con esa potencia, no te deja ver, ni oír, el cuerpo se congela, pero aún así sentí que mis sentidos estaban mas permeables que nunca. Volvimos al muelle y emprendimos la vuelta. Durante 8 horas fuimos silvestres, fuimos libres, fuimos felices. Durante 8 horas fuimos testigos de una maravilla indescriptible, fuimos atletas. Durante 8 horas fuimos huéspedes, en la tierra de los coatíes.

cataratas

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