Boston: Bohemia y sopa de cangrejo

Hace años, me tocó vivir un tiempo en Boston, Massachusetts, en la costa este de los Estados Unidos. Lo que no sabía antes de instalarme es que cruzando el río Charles (“Charlie” para los lugareños) había otra ciudad de características e idiosincrasias muy diferentes. Esa ciudad es Cambridge, pero Cambridge en Massachusetts; a no confundirse con la Cambridge inglesa…

La primera vez que viajé ahí, sin todavía residir y en viaje exploratorio, paré en un coqueto hotel de Cambridge y la zona del otro lado del río me parecía extraña y distante. Después de algunos años de vivir en la zona y de haberme acostumbrado a todos los barrios y recovecos de la ciudad, esa primera impresión seguía tan vigente como la primera vez. Cambridge es mucho más amigable.

Uno se toma el subterráneo –los locales lo llaman el “T”– de la línea roja, y en un momento el tren sale a la superficie y cruza un puente sobre el río para luego introducirse en Cambridge, cuna de dos de las universidades más prestigiosas y famosas del mundo: Harvard y el Instituto de Tecnología de Massachusetts, el MIT.

Como estudiante de posgrado de otra universidad, visitar el MIT y maravillarse frente a avances tecnológicos experimentales que más de una década después no están todavía presentes en el mercado, o recorrer los bares y restaurantes de la avenida Massachusetts que corta Cambridge de punta a punta fueron experiencias imborrables.

cambridge boston

Recuerdo el sabor de la sopa-crema de cangrejo, plato típico y un manjar que no volví a probar, que aún extraño y del que le hablo a mi familia, que me mira como si mencionara un entremés alienígena.

El corazón intelectual de Cambridge son los alrededores del campus de la Universidad de Harvard, llamado Harvard Square. Es un lugar único no sólo en Boston, en el mundo, que tal vez sea la mayor concentración urbana de locales de libros usados y de músicos callejeros virtuosos.

En el medio de Harvard Square hay un kiosco de diarios llamado Out of town news (“Noticias de fuera de la ciudad”) donde podían comprarse diarios de todo el mundo, incluyendo los de Argentina.

Recorrer las librerías buscando alguna joya perdida, con el Clarín y el Boston Phoenix (diario semanal de cultura de la zona) bajo el brazo, era una placer renovado todos los domingos a la tarde.

cambridge boston librerias

Animarse alguna vez a tocar música en alguna esquina de los alrededores, compartiendo experiencias con músicos griegos, irlandeses, cantantes de country yanquis o exquisitos músicos clásicos fue un atrevimiento del que nunca me arrepentí. Los transeúntes ocasionales seguro que sí, pero yo decididamente no.

Y terminar al anochecer bebiendo una pinta de cerveza negra Guinness, espesa como la tinta china, en algún pub de la zona, era el corolario perfecto de un buen fin de semana. O degustar cafés de todo el mundo, años antes de que la moda se impusiera en Buenos Aires. Quizás en “The Coffe Connection”, el bar emblemático de café de Cambridge al que una cantautora local, Patty Larkin, homenajeó con su canción Caffeine.

Boston es una ciudad con alma de pueblo, con mentes iluminadas en sus viejos claustros, con bohemios que la recorren incansablemente, repleta de libros raros y un conjunto de músicos en sus calles que harían palidecer de envidia a cualquier organizador de festivales musicales.

Si no es la ciudad perfecta, se le parece bastante, ¿no?

julian polito

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