Feria de vinilos de Williamsburg, la felicidad extrema

Si sos fan de la música y de ir a shows, sos melómano, consumidor de CDs o (mejor aún) de vinilos, New York es sin dudas la ciudad para vos. Hay magia por todos lados: está el Dakota, el Hard Rock Café, el CBGB, el teatro Apollo, Electric Ladyland… la lista es interminable.

Decidís viajar y es como si la ciudad empezara a armar planes para vos. Estuve ahí hace unos años y terminé viendo en el Central Park a Kings of Leon, John Mayer, Elvis Costello, Janelle Monáe y a Stevie Wonder (¡gracias, Global Citizen Festival!), con un set ultra-demoledor que hasta incluyó el mejor cover de Imagine que alguna vez haya escuchado, a metros del Dakota. Pude ver a Sly Stone (uno de mis ídolos) en el B.B. King’s Blues Club, situado en pleno Times Square, y a Steely Dan en el increíble Beacon Theatre. Y todo esos shows ¡ni siquiera estaban anunciados cuando saqué el pasaje!

Si de vinilos se trata, New York es, francamente, el paraíso. ¡Hay discos por todos lados! Vas a J&R, en Lower Manhattan, y tenés un piso entero lleno de vinilos de catálogo y box sets, nuevos y al día. O entrás a Urban Outfitters, una cadena de locales que vende ropa, y ves ahí bien expuestas las cajas Crosley, que son bandejas para vinilo portátiles con forma de valija, y al lado la batea con discos nuevos y sellados donde brillan el indie-rock, OK Computer y Exile on Main St. Aun así, obviamente el espíritu del vinilo no va a estar en esos lugares, sino que lo vas a encontrar en las record stores.

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A lo largo de Manhattan las disquerías están en casi todos los barrios. Quizás la zona más destacada es el East Village: en la histórica calle St. Mark’s Place hay bastante vinilo, y mientras revisás bateas quizás te enteres que en el local de al lado los Ramones iban a comprar ropa en su momento. O podés entrar a Mondokims (en 1st Avenue y St. Mark’s Pl.), un local grande y muy bien armado lleno de vinilos, CDs y bluray, y con sólo dar la vuelta a la manzana vas a estar en la tapa de Physical Graffitti de Led Zeppelin.

Hay que estar preparado para caminar todo el día y ser cuidadoso con el tiempo que uno tarda. Es aconsejable organizar el día y saber que cuando pienses “entro a este lugar sólo veinte minutos” seguramente estés ahí una hora.

En Brooklyn la cosa se pone mucho mejor. En muchas de las disquerías la pomposidad de Manhattan deja de estar presente y hay mucha más onda. Cuando vas a pequeños locales te das cuenta que muchos existen sólo por amor a la música y abundan personajes que parecen salidos de High Fidelity. Una zona destacable es Williamsburg, aunque la noté en etapa de cambio.

Cuando se arman buenas movidas en New York, normalmente sucede en zonas económicamente accesibles: los pequeños locales van creciendo, la zona se pone de moda y el ciclo se completa cuando aparecen las tiendas de ropa de marca, etc. Los alquileres aumentan y los locales under se mudan. Eso sucedía con el anexo de Academy Records de Williamsburg al que fui, ya vacío con el cartel “nos mudamos” y con varios canastos en la puerta con vinilos a cuatro por un dólar. En ese tipo de momentos, en New York ¡el tiempo vale más que la plata! Si podés quedarte revolviendo todos esos canastos, algo encontrás sin dudas (Hot Rocks de los Stones, Aja de Steely Dan, The Magazine de Rickie Lee Jones y maxis de Wonder y Eminem ¡por dos dólares!). Ahí mismo tenían pegado el cartel de la Brooklyn Flea Record Fair, una feria de discos que se hacía el sábado siguiente. Al enterarme no lo dudé y modifiqué mi itinerario para estar ahí en la feria, con grandes expectativas.

Conociendo el paraíso

El Brooklyn Flea se hace los fines de semana en el Smorgasburg, un predio al aire libre con vista al río que es simplemente alucinante. No siempre es de vinilos, aunque me animaría a decir que ferias de discos siempre encontrás en algún barrio (por ejemplo, el fin de semana siguiente al de Brooklyn se hacía en Astoria). El horario era de once de la mañana a seis de la tarde. Si vas temprano, vas a tener mayor oportunidad de encontrar cosas puntuales, pero lo bueno de ir a la tarde es que con muy poca plata te vas a llevar muchos (muchos) vinilos. Llegué a eso de las dos de la tarde, y ya en el primer puesto noté que los precios eran muchísimo mejores que en cualquier disquería de todo New York. Por ocho y seis dólares me llevé así de entrada una edición muy bien cuidada de Foxtrot y Nursery Cryme, de Genesis. Y por sólo cinco dólares, Let’s Get It On, de Marvin Gaye. ¡Eso fue sólo en el primer puesto y en cinco minutos!
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Al lado había una oferta un poco más amplia: estaba lleno de cajas con vinilos a un dólar. Revisé una por una, y al poco tiempo sostenía una pila de veinte discos sin pensarlo. Y eran todos vinilos que moría por tener: Sgt. Pepper’s, Honky Chateau, Sly & the Family Stone, Prince, ¡había de todo! Una edición perfecta de Songs in the Key of Life, doble y con el correspondiente EP y el libro con las letras, y me iba a salir un solo dólar. Estaba en un estado de incredulidad y felicidad absoluta. Mientras seguía revisando, el tipo que atendía empezó de pronto a gritar: “¡A partir de ahora, son CUATRO vinilos por un dólar!” No lo podía creer, sinceramente. ¡Los treinta discos que tenía pasaban a salir veinticinco centavos cada uno! Le pagué, guardé los vinilos en una bolsa, seguí revisando, y encontré una edición nueva y sin abrir de In Square Circle, de Wonder. Le dije: “Este también me lo llevo”. El tipo me miró, hizo una mueca y me dijo: “Bah, es tuyo, te lo regalo”. Inexplicable lo que sentí en ese momento. Más allá de la actitud y la buena onda, me pareció muy fuerte el contraste entre nuestras ferias (como la del Centro Cultural Borges, a la cual con un amigo -parafraseando a Capusotto- le decimos “Feria de Discos Los Hijos de Puta”) y la de Brooklyn, donde a simple vista ves que la mayoría está ahí en el puesto vendiendo vinilos porque ama la música, sin ningún ánimo de ventajear a nadie ni chuparle la sangre a los fans.

Al cabo de un rato, mi bolsa estaba cargadísima de discos y sabía que ya no iba a haber espacio para más en mi valija. Podría haber llevado sin dificultad el doble de lo que compré. Además de otro puesto repleto de vinilos buenos de white rock a un dólar, había un puesto para cada sub-género: vinilos de indie-rock, electrónica, trance, soul; lo que te imagines. Antes de irme de la feria, me propuse conseguir un disco con el que estaba encaprichadísimo: Appetite for Destruction, de Gn’R. Aunque pregunté en todos y cada uno de los puestos, nadie lo tenía.
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Así fue como me despedí de esa gran feria, no sin antes visitar un pequeño galpón que estaba enfrente del predio, donde diseñadores independientes vendían ropa. Ahí encontré al fondo un puestito de vinilos y el pibe que lo atendía era igual a Eddie Vedder. Le pregunté por Appetite, me miró y de un bolso negro sacó una edición de época en muy buen estado. “¿Cuánto?”, le pregunté. “Mirá, no sé bien qué tiene este disco pero la gente se aferra mal a él. Lo pongo en la vidriera y a las pocas horas alguien lo compra. No puedo dártelo por menos de 25 dólares”, contestó Eddie con sinceridad. Ese fue el disco más caro que traje del viaje: Appetite for Destruction, mint condition, 25 dólares.

No sé si funcionará en todos los niveles, pero New York es un escenario perfecto para visitar en plan melómano, y de la vieja escuela… Es más fácil encontrar vinilos que CDs. Toda la música convive ahí. Y cuando te vas, siempre pensás cuándo vas a volver.

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