De videojuegos, nostalgias, libertades y viajes

Las primeras vacaciones que recuerdo con cierta nitidez fue un viaje a Disney en 1992. El mismo fue producto de una serie de casualidades y oportunidades aprovechadas. Mi abuelo producía uno de esos programas en los 90 que enviaban cursos completos de egresados a Disney , en el curso ganador eran pocos y eso dio lugar a que pueda invitar a sus nietos a unas vacaciones muy poco frecuentes.

Pero ahí estábamos, inmiscuidos entre productores y egresados que no conocíamos. Junto con mi hermano, teníamos una sola meta para ese viaje y habíamos ahorrado la friolera de 100 dolares. Queríamos comprar un NES (Nintendo Entertainment System). La consola nos vino con un cartucho doble que incluía el Super Mario Bros y el Duck hunt. Al volver a buenos aires, y por todos los años que tuvimos esa consola, ese fue el único cartucho que tuvimos. Quizás sea por eso que desde chico relaciono las vacaciones con los videojuegos.

La costa = videojuegos

Amén de esta historia puntual, azarosa y milagrosa, a todos nos pasa un poco esto. Ir a la costa, por caso, siempre fue sinónimo de videojuegos. En los ojos de un niño criado en los 90s, el icono de Mar del plata no era Havana, sino SACOA. Pero había un ejercicio que repetía a diario, buscar el mejor precio de la ficha. Sea cual fuere el lugar donde uno vacacionaba, había que encontrar NUESTROS fichines. Una vez que lo encontrábamos (al menos para ese día) cada uno se comportaba de una manera particular, casi como en un ejercicio de psicología social.

Yo siempre fui parte del grupo de los juegos de fútbol. “Super sidekicks 2” siempre fue mi zona de confort y aún recuerdo la piel de gallina que se me generó la primera vez que vi un Virtua Striker 2. Tenía una variante, sin embargo, cuando estaba acompañado: los juegos colaborativos. Tortugas ninjas, pit fighter y los simpsons fueron excusas de relacionamiento para vencer a un enemigo común. Nunca fui un hombre de Pinball, aunque siempre me despertaron interés. De todas las variantes de juego hubo una en la que nunca me destaque pero me generaba mucha admiración: Los de lucha. Jamás pude dominar a Dhalsin, ni supe qué significaba Tekken. Muchísimo menos he sido un king of fighters. Espero que al leer esto te apiades de mi, porque estoy abriendo mi corazón: NUNCA PUDE HACER UNA FATALITY.

virtuastriker2 videojuegos

Ahora que peino canas, me preguntó porqué jugaba juegos de fútbol, porqué buscaba precios de fichas cuando no era yo quien pagaba y porqué jamas me senté en Arcades que no manejaba muy bien. La respuesta se me viene a la mente en forma de grito: LO QUE QUERÍAMOS ERA PASAR MAS TIEMPO EN LOS FICHINES. Ese era NUESTRO LUGAR, un territorio de niños y pre-adolescentes encriptado para adultos. En los videojuegos eramos DUEÑOS, LIBRES y EXPERTOS. No servía quemar minutos en máquinas que no dominábamos.

Había que exprimir cada minuto que teníamos, elegir demasiado bien cuales bits merecían nuestra última ficha. Un día, el mundo se oscureció y vinieron las horribles tarjetas recargables para demostrarnos que habíamos crecido.

No crecimos tanto

Hace unos años, para asumir que el tiempo no había pasado, volví al axioma de “En las vacaciones, videojuegos” y aproveché mi luna de miel en New York para comprar una Play 3. En la fila, un hombre con su hijo, llevaba una caja con mas orgullo de lo que yo llevaba la mía. Era una reedición de Atari con muchísimos juegos lo que estaba comprando. El lo entendió mas rápido que yo, pensé. El tiempo pasa para todos, y no hay que coartar la libertad de los hijos. 

Solo las consolas viejas y las nostalgias nos van a llevar a esos olores de la niñez. En la consola actual que hay en casa, yo solo saco a relucir mi fenotipo de nene que juega videojuegos de fútbol, pero cuando mi descendencia juega cosas actuales yo le digo que no entiendo, que soy viejo, y de a poco le voy limando los barrotes. Si mi living es su Sacoa voy a comprarle muchas fichas y no voy a permitir que pongan tarjetas recargables para terminar su niñez.

videojuegos fatality

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